Formar a alguien —un hijo, un aprendiz— exige, en ciertos momentos, pedir obediencia sin poder explicar completamente el porqué. Eso es parte razonable de cualquier proceso de formación. El problema aparece cuando la obediencia deja de ser un medio temporal y se convierte en el objetivo final.
Alguien formado principalmente para obedecer tiende a depender, toda su vida, de que alguien más le diga qué hacer. Alguien formado para pensar, en cambio, puede eventualmente prescindir de esa guía externa — que es, después de todo, el verdadero objetivo de formar a otro.
De la obediencia al criterio propio
El camino ideal no salta directamente del "haz esto porque yo lo digo" al "decide tú solo". Pasa por una etapa intermedia, donde se explica el porqué detrás de cada instrucción, hasta que esa persona pueda eventualmente llegar sola a conclusiones parecidas.
Formar a alguien para obedecer resuelve el problema de hoy. Formarlo para pensar resuelve los problemas que todavía no conocemos.
Vale la pena revisar si, en la forma de guiar a otro, se está construyendo dependencia o criterio propio.