Llamamos "zona de confort" a lo conocido, no necesariamente a lo que nos hace bien. Muchas veces esa zona ni siquiera es cómoda — simplemente es predecible, y la predictibilidad se siente segura aunque no traiga ningún crecimiento real.
El malestar que produce intentar algo nuevo suele interpretarse como una señal de que algo está mal, cuando en realidad casi siempre es la señal contraria: que se está pidiendo algo distinto de uno mismo.
Dos tipos de incomodidad
No toda incomodidad es igual. Existe la que indica un límite genuino que conviene respetar, y existe la que solo indica que se está creciendo. Aprender a distinguirlas es, quizás, una de las habilidades más útiles y menos enseñadas.
La zona de confort no es tranquila. Es solo familiar. Y el crecimiento casi siempre exige salir de lo familiar antes de sentirse cómodo en lo nuevo.
La próxima vez que aparezca esa incomodidad frente a algo nuevo, vale la pena preguntarse si es una advertencia real, o simplemente la señal de que se está a punto de crecer.