Hay una satisfacción inmediata en sentirse indispensable: significa que se es valorado, que el trabajo hecho importa. Pero esa misma sensación, sostenida demasiado tiempo, puede convertirse en un obstáculo para cualquier proceso de sucesión.
Formar a alguien para que eventualmente pueda ocupar ese lugar implica, casi por definición, dejar de ser el único capaz de hacerlo. Eso exige una humildad distinta: alegrarse de volverse menos necesario, en vez de aferrarse a serlo.
Soltar el control a tiempo
Muchos procesos valiosos colapsan no por falta de talento en quien los construyó, sino por no haber preparado a tiempo a quien debía continuarlos. Soltar el control con suficiente anticipación protege el futuro de lo que se construyó, incluso cuando eso implique ceder protagonismo.
Ser necesario se siente bien hoy. Pero el verdadero logro es dejar a alguien más preparado para cuando ya no estés ahí.
Vale la pena preguntarse, en cualquier rol de responsabilidad actual, a quién se está preparando para continuarlo.