Existen dos formas muy distintas de entender una posición de liderazgo. Una la ve principalmente como una plataforma para demostrar capacidad, autoridad, estatus. La otra la ve como una responsabilidad: algo confiado temporalmente, que exige cuidado más que exhibición.
La primera forma puede producir resultados visibles en el corto plazo. Pero es la segunda, la que entiende el liderazgo como servicio a algo más grande que uno mismo, la que termina construyendo algo que realmente perdura — porque las personas responden distinto cuando sienten que se les cuida y no solo se les dirige.
Cuidar lo confiado, no solo dirigirlo
Un cargo de liderazgo es, en el fondo, algo prestado: un equipo, un proyecto, la confianza de otras personas. Tratarlo como propiedad personal, para exhibir poder, es distinto a tratarlo como algo confiado, que exige responder por su cuidado.
El liderazgo alcanza su verdadera dimensión cuando dejamos de utilizar nuestra posición para demostrar cuánto poder tenemos y comenzamos a utilizar nuestra influencia para cuidar, desarrollar y fortalecer aquello que nos ha sido confiado.
Vale la pena revisar, desde cualquier posición de liderazgo que se ocupe hoy, si se está usando principalmente para exhibir o principalmente para cuidar lo que fue confiado.