Existe la tentación de pensar que enseñar algo importante requiere una conversación bien preparada, un momento especial dedicado a transmitir un valor. Pero buena parte de lo que realmente se enseña ocurre sin ninguna intención explícita de enseñar — en lo cotidiano, en lo que alguien hace cuando cree que nadie está aprendiendo de eso.
Un niño no aprende principalmente de lo que se le dice que haga. Aprende de lo que ve hacer, repetido con la suficiente constancia como para dejar de parecer una decisión y empezar a parecer, simplemente, cómo son las cosas.
El peso de lo repetido
Esto es a la vez una responsabilidad y un alivio. Una responsabilidad, porque el ejemplo cotidiano enseña incluso cuando no se intenta enseñar nada. Un alivio, porque no hace falta un discurso perfecto — hace falta, sobre todo, sostener con constancia lo que se quiere transmitir.
No enseñamos principalmente con lo que decimos que es importante. Enseñamos con lo que alguien nos ve hacer, una y otra vez, sin que se lo estemos explicando.
Vale la pena preguntarse qué está aprendiendo alguien de nosotros, no en la próxima conversación importante, sino en la semana común que viene.