La mayoría de las decisiones de la vida admiten matices, contexto, excepciones razonables. Pero existe un pequeño grupo de principios —la honestidad básica, el respeto elemental hacia otros— que pierden su función en el momento en que empiezan a negociarse según la conveniencia del momento.
Esto no significa rigidez en todo. Significa identificar, con claridad, cuáles son esos pocos principios realmente no negociables, para no gastar energía debatiéndolos cada vez que aparece una situación conveniente para hacer una excepción.
La primera excepción es la más cara
La primera vez que se hace una excepción a un principio así, casi siempre parece justificada por las circunstancias. El problema es que esa primera excepción abre la puerta a la segunda, y la tercera, hasta que el principio deja de ser realmente un principio.
Un principio negociado una vez, por una buena razón, deja de ser un principio — se convierte en una preferencia, sujeta a la próxima buena razón.
Vale la pena tener claros, de antemano, cuáles son esos pocos principios — para no tener que decidirlo de nuevo cada vez que la tentación de una excepción aparezca.