Durante buena parte de la vida, la pregunta que más se repite es alguna versión de "¿qué puedo conseguir de esto?" — un logro, un ingreso, un reconocimiento. No hay nada malo en esa pregunta; es natural y necesaria. Pero cuando es la única pregunta, la vida empieza a sentirse extrañamente vacía incluso cuando todo sale bien.
Existe otra pregunta, menos frecuente, que cambia por completo la textura de una vida: "¿qué puedo aportar?". No sustituye a la primera, la completa. Y suele ser, paradójicamente, la que termina dándole sentido a todo lo que se consiguió con la primera.
Dos preguntas, no una en lugar de la otra
Quien solo se pregunta qué puede conseguir tiende, con el tiempo, a experimentar cada logro como insuficiente — siempre hace falta el siguiente. Quien empieza a preguntarse también qué puede aportar descubre algo distinto: que lo conseguido finalmente tiene un lugar donde rendir, un uso que lo completa.
Una vida comienza a adquirir una dimensión diferente cuando dejamos de preguntarnos solamente qué podemos conseguir y empezamos a preguntarnos qué podemos aportar.
No hace falta abandonar la ambición para hacer esta pregunta. Hace falta, simplemente, dejarle espacio junto a ella — y notar cómo, con el tiempo, empieza a pesar más que la primera.