Vivimos con la sensación de que las decisiones importantes son pocas y espaciadas: la carrera, la pareja, la mudanza. Pero en realidad la vida está hecha de decisiones constantes y pequeñas — qué hacer con la próxima hora, cómo responder a una contrariedad menor, si insistir o soltar.
Ninguna de esas decisiones pequeñas parece decisiva por sí sola. Pero la suma de miles de ellas, a lo largo de los años, termina pesando tanto o más que las pocas decisiones grandes que sí reconocemos como tales.
La no-decisión también decide
Incluso no decidir es, en sí mismo, una forma de decisión. Dejar pasar el tiempo sin actuar, evitar una conversación necesaria, posponer indefinidamente — todo eso también moldea una vida, aunque se sienta como si nada estuviera pasando.
No existe una vida sin decisiones. Solo existe la decisión de decidir a propósito, o la de dejar que otros —o el tiempo— decidan por nosotros.
La pregunta que vale la pena hacerse no es cuál es la próxima gran decisión, sino qué pequeña decisión de hoy se está postergando sin querer llamarla decisión.