Existe la idea equivocada de que la humildad es una forma de debilidad, algo opuesto a la autoridad y al liderazgo. En realidad, ocurre casi lo contrario: quienes mantienen la capacidad de ser corregidos, incluso desde una posición de autoridad, suelen inspirar más confianza que quienes se comportan como si ya lo supieran todo.
La humildad, entendida así, no es pensar poco de uno mismo. Es simplemente no sobrestimar lo que ya se sabe, dejando espacio real para seguir aprendiendo de cualquiera, incluso de alguien con menos experiencia o menor posición formal.
El costo de no poder ser corregido
Quien deja de poder recibir una corrección, sin que eso amenace su autoestima, empieza a perder algo valioso: la información honesta que otros dejan de darle, precisamente porque saben que no será bien recibida. Con el tiempo, esa persona queda rodeada de silencio en vez de retroalimentación.
La verdadera fortaleza no está en no necesitar corrección. Está en poder recibirla sin que la identidad se sienta amenazada por ella.
Vale la pena notar cómo se reacciona la próxima vez que alguien, sin buscar ofender, señale algo que se pudo hacer mejor.